La democracia afronta su prueba más exigente desde el inicio de la llamada tercera ola que comenzó en 1974 con la Revolución de los Claveles en Portugal, que derrocó a la dictadura salazarista.
Ese es el diagnóstico que se desprende de recientes evaluaciones internacionales que alertan sobre la prolongación de la recesión democrática por cuenta del avance de la autocratización, la aceleración de la manipulación del debate público con el uso de la inteligencia artificial y los algoritmos, y la renuncia de Estados Unidos al papel que desempeñó como garante del orden liberal.
No obstante, la radiografía también destaca que numerosas sociedades conservan reservas institucionales y cívicas capaces de contener el embate autoritario por lo que urge repensar, renovar y mejorar la calidad de la democracia para situarla a la altura de los desafíos y amenazas del siglo XXI.
Más allá de sus diferencias metodológicas, la mayoría de los reportes coinciden en una conclusión inquietante: la democracia está bajo fuerte acoso y el declive es grave.
V-Dem plantea la cuestión desde el título de su informe de 2026: ¿Se está desmoronando la era democrática? A fines de 2025, contabilizaba 92 autocracias frente a 87 democracias. El 74 por ciento de la población mundial —unos 6.000 millones de personas— vive bajo regímenes autocráticos, mientras apenas el 7 % —cerca de 600 millones— reside en democracias liberales. En otras palabras, más personas viven hoy en autocracias cerradas (2.300 millones) que en democracias electorales y liberales combinadas (2.200 millones).
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Freedom House ofrece una valoración similar. La libertad global retrocedió en 2025 por vigésimo año consecutivo: 54 países registraron deterioros en derechos políticos y libertades civiles, frente a 35 que avanzaron. Idea Internacional, por su parte, advierte que 2025 marcó el undécimo año consecutivo en que los retrocesos democráticos superaron a los avances: 98 países, equivalentes al 57 por ciento de los evaluados, registraron deterioros, frente a 55 —el 32 por ciento— que mostraron progresos.
De golpes de Estado a líderes depredadores: el mal de las democracias que se creían blindadas
El retroceso ya no respeta a las democracias que se creían blindadas. No solo varios países europeos, sino también Estados Unidos, han caído en diversos indicadores a mínimos de medio siglo habiendo sufrido este último una degradación de democracia liberal a electoral.
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Si durante décadas Washington combinó cálculo geopolítico con una promoción imperfecta pero real de la democracia, el presidente Donald Trump ha desmontado buena parte de ese andamiaje, recortando la cooperación democrática y normalizando la cercanía con líderes autoritarios.
A esto se suma una mutación en la forma en que mueren las democracias. Ya no lo hacen por golpes de cuartel, sino desde dentro: líderes depredadores que llegan al poder mediante elecciones legítimas y luego colonizan gradualmente el parlamento, la justicia, y los árbitros electorales, a la vez que hostigan a la prensa y a los defensores de derechos humanos, y reescriben las reglas para perpetuarse, todo bajo la retórica de una “voluntad popular” supuestamente amenazada por élites conspiradoras.
Pero, de nuevo, los reportes refieren cómo, a su vez, en numerosos países, sociedades civiles movilizadas, autoridades electorales y tribunales independientes, y medios de comunicación siguen demostrando capacidad y determinación para contener el avance del autoritarismo.
¿Cómo le va a América Latina?
Nuestra región presenta un mosaico político heterogéneo. Según V-Dem, en 2025 el 71 por ciento de la población latinoamericana vivía bajo regímenes democráticos, pero apenas el 5 por ciento lo hacía en democracias liberales. Uruguay —y, en menor medida, Costa Rica y Chile— conserva las instituciones de mayor calidad; Cuba y Nicaragua son dictaduras, mientras Venezuela atraviesa la singular situación de un “neoprotectorado” estadounidense.
Donald Trump y Delcy Rodríguez durante su reunión en Nueva York. Foto:EFE
Haití padece un colapso estatal y El Salvador avanza por una senda autoritaria, tolerada por amplios sectores sociales debido a los resultados del Gobierno en materia de seguridad. Entre estos extremos coexisten democracias resilientes —como Argentina—, sistemas estancados y regímenes híbridos.
Como advierte el PNUD en su informe Democracias bajo presión, Latinoamérica continúa siendo la región más democrática del mundo en desarrollo. Pero esa conquista convive con un malestar creciente: la insatisfacción con la democracia aumentó del 56,2 por ciento en 1995 al 64,7 por ciento en 2024.
A ello se suman Estados débiles, desigualdad persistente, corrupción, violencia criminal, expansión del narcotráfico, sistemas de representación fragmentados y una marcada incapacidad para traducir las demandas sociales en políticas públicas eficaces y sostenibles. No obstante, El pulso de la democracia 2026 de LAPOP revela una paradoja: el 65 % de los latinoamericanos considera que, con sus claroscuros, la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno.
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Esta señal alentadora coexiste sin embargo con una tolerancia hacia fórmulas iliberales y liderazgos fuertes dispuestos a sortear los presuntos obstáculos del Congreso, la justicia, la oposición o los derechos de las minorías. En ese sentido, también se expone cómo las personas están dispuestas a sacrificar procedimientos democráticos y garantías del Estado de derecho a cambio de que el gobierno les resuelva problemas inmediatos y concretos.
¿Qué hacer para salvaguardar la democracia?
Entre las recomendaciones está abrir con urgencia un debate riguroso sobre la democracia.
Como aconseja el filósofo y ensayista español Daniel Innerarity, es preciso desarrollar una teoría más compleja y sofisticada para contener las amenazas y preservar las instituciones existentes a través de la innovación política e institucional.
En segundo lugar, reconstruir sus fuentes de legitimidad fundada en elecciones libres, la legitimidad de ejercicio, la separación de poderes y la rendición de cuentas. Tercero, reconstruir la confianza ciudadana, en particular, al atender la dimensión social, reduciendo los elevados niveles de desigualdad económica que alimentan la polarización, erosionan la confianza institucional y contribuyen al deterioro democrático.
Es igualmente necesario reformar estratégicamente el Estado para mejorar su eficacia y dotarlo de una fiscalidad adecuada, ampliar los canales de participación ciudadana y garantizar la libertad de expresión.
A ello se suma la necesidad de desarrollar capacidades estatales para combatir con eficacia la criminalidad —una de las prioridades en la mayoría de los países latinoamericanos—, siempre dentro de los límites del Estado de derecho y con pleno respeto de los derechos humanos, así como enfrentar con firmeza la corrupción y la impunidad.
Uno de los retos más actuales se concentra en fortalecer la ciudadanía digital y proteger el debate público frente a la manipulación algorítmica. Esto requiere promover una alfabetización mediática capaz de dotar a los ciudadanos de las herramientas necesarias para identificar la desinformación y evaluar críticamente los contenidos que consumen.
Y finalmente, regenerar el consenso y reforzar la defensa regional de la democracia. Después de su adopción, es preciso actualizar la Carta Democrática Interamericana, dotándola de herramientas más eficaces para prevenir y responder a las nuevas formas de autoritarismo.
Resumiendo: La democracia no está condenada al fracaso, pero tampoco tiene el futuro asegurado. Ambos desenlaces siguen abiertos. La respuesta no dependerá solo de los gobiernos o las élites, sino también de la conducta de los ciudadanos, porque la democracia no se erosiona ni se renueva en abstracto, se sostiene, se defiende o se pierde con cada decisión colectiva. Sin ciudadanos dispuestos a ejercerla y demócratas decididos a defenderla, ninguna democracia perdura.
(*) Director y editor de Radar LATAM 360

