La conversación ocurrió el pasado 26 de julio, en la última fecha del Festival Gabo en Bogotá. “Un día histórico”, apuntó Jon Lee Anderson. Hace 73 años, un joven Fidel Castro lideraba a un grupo de rebeldes que buscaba derrocar al dictador Fulgencio Batista en Cuba, con los intentos de toma de los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Y aunque, en su momento, no alcanzaron el objetivo —lo lograron el 1.º de enero de 1959—, la fecha se inmortalizó como la conmemoración del Día de la Rebeldía Nacional en ese país.
Pero este año, esa celebración fue ‘recibida’ —pocas horas antes de su inicio— con un masivo cacerolazo ciudadano en protesta por la crítica situación que se vive hoy en ese país, donde la escasez de alimentos y medicinas, los cortes de energía de hasta de 30 horas, la falta de transporte público, la acumulación de basuras en las calles y la suspensión de servicios básicos como agua potable son solo algunas de las caras de la peor crisis que haya vivido la isla en su historia.
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Una crisis que se agudizó notablemente tras la captura de Nicolás Maduro, principal aliado de La Habana, y con la serie de medidas tomadas por Donald Trump para presionar una negociación con el régimen, so pena de llevar a ese país a un colapso total.
Sobre la crítica situación de la isla, las derivas autoritarias de la región, el gobierno Trump, entre otros temas, Anderson conversó con EL TIEMPO.
El año pasado, en una entrevista con EL TIEMPO, usted manifestó que tenía puesta la mirada en Cuba. En los últimos meses ha corrido mucha agua bajo el puente. ¿Qué futuro le depara a La Habana?
Fui a Cuba en 2025 y en enero de este año. Estoy muy pendiente de lo que pasa en la isla y en contacto con la gente todo el tiempo. Y como todos, estoy en vilo con lo que pasa allí, sobre todo desde que Trump empezó su bloqueo naval-energético y emitió una serie de advertencias y amenazas contra la isla; así como también de la situación humanitaria, que se ha agravado. Mi optimismo va cambiando dependiendo el mes, al igual que la esperanza de un diálogo que ayude a mejorar la situación allí.
Una mujer carga varios bidones para agua en una calle de La Habana. Foto:Yamil Lage. AFP
Y en estos momentos, ¿cómo se siente? ¿Con mayor o menor esperanza?
Ahora siento que la cosa no está tan bien. En un momento hubo indicios de que los diálogos estaban progresando. Por ejemplo, hace un mes, algunas fuentes me dijeron que se sentían alentados porque parecía que Cuba iba a soltar unos presos políticos a cambio de una liberalización del bloqueo energético. Pero eso no ha sucedido. Y veo que, más bien, los mensajes y advertencias de parte de Estados Unidos son cada vez más fuertes. ¿Habrá alguna intervención militar como en Venezuela? Resulta casi inconcebible que hagan algo así en Cuba, pero nadie esperaba lo que hicieron en Caracas hace siete meses. Así que no sé. También era lógico esperar que el empantanamiento de EE. UU. en la guerra contra Irán jugaría a favor de Cuba, porque Washington no podía estar en dos pantanos a la vez. Pero este es el régimen Trump y está el factor estúpido o cretino. Hacen cosas que no son lógicas.
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Trump dijo hace unos días que Venezuela todavía no está lista para convocar elecciones. La tragedia del terremoto demostró la necesidad de una renovación institucional con nuevas capacidades para administrar emergencias como esa. ¿Cuáles son sus conclusiones de estos siete meses de ‘transición’?
La transición está bajo tutela. Acabo de llegar de Venezuela y es muy extraño todo, sobre todo por el factor norteamericano. La intervención de Trump no tiene que ver con democracia y derechos humanos, sino con petróleo. Venezuela es el conejillo de indias de la doctrina ‘Donroe’, un refrito de la doctrina Monroe. En abstracto sabemos que la producción petrolera está mejor. Los economistas dicen que la hiperinflación va a ir bajando porque la producción petrolera está aumentando y la estabilidad será una consecuencia de la mejora económica. Probablemente en parte eso sea cierto, pero sigue el interrogante de la democracia, de si va a retornar. Como eso pende de la voluntad de un hombre intrínsecamente antidemocrático, es como preguntarse cuándo se va a deshelar el Everest. No lo sabemos porque actúa a su antojo.
Voluntarios buscan cuerpos de las víctimas del doble terremoto en Venezuela. Foto:AFP
¿Y qué dice la gente allá sobre la cuestión aún irresuelta de la democracia?
Este año he estado dos veces en Venezuela y detecté una especie de psicología colectiva de pospolítica. Están hasta acá (lleva su mano hasta la coronilla). Las personas están preocupadas por la situación económica de sus familias y no por campañas políticas. Es curioso cuánto pesa el factor económico en muchos de los péndulos políticos que estamos viendo. A veces la moral no es lo primero, es el bolsillo. Esa es una ventaja que Trump y los que están en el poder actualmente pueden aprovechar. De hecho, en cierto sentido Trump está dictando para Venezuela lo que Ortega anunció hace poco en Nicaragua: la eliminación de las elecciones. Estamos en una época en que lo autoritario se está poniendo por encima de los legalismos. El swing que traen figuras como Milei en Argentina, Bukele en El Salvador, incluso el nuevo presidente colombiano, alrededor de las redes sociales y la forma en que explayan sus vanidades es algo que contenta con una buena parte de la población. La gente quiere el mundo en blanco y negro. Los grises, que representa la democracia, incomodan e inquietan.
La gente quiere el mundo en blanco y negro. Los grises, que representa la democracia, incomodan e inquietan
¿Cree que lo que pasó en Hungría, donde perdió Orbán, que entra en la lista de líderes autoritarios, muestra esos grises de los que habla? Es decir, ¿podría leerse como luz al final del túnel en cuanto a que la democracia prevalece?
Ojalá… Pero hay una parte de mí que es un poco cáustica con esa victoria. El tipo que ganó las elecciones y ahora es el primer ministro hace tres años era pro-Orbán. Y hace tres años, Orbán era un antisemita, antimigrante, pro-Putin, corrupto, antidemocrático. Era un personaje siniestro. Entonces, ¿cómo es que el nuevo primer ministro lo apoyaba? Podemos pensar que la gente evoluciona. Aun así, tengo los dedos cruzados.
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Mencionó el anuncio de Daniel Ortega con el que termina de eliminar toda herramienta democrática en Nicaragua. ¿Ve en un futuro una salida democrática para ese país?
Quienes hemos mirado a la región y conocemos a Nicaragua, siempre nos ha extrañado la poca atención que le han dado. No solamente Trump y su gente, sino Biden, Obama… Ortega y su mujer, Murillo, que son copresidentes, han estado abusando del poder por muchos años. Se han convertido en los Ceausescu de las Américas (la pareja que gobernó Rumania con mano de hierro por 24 años). No puedo adivinar qué es lo que va a pasar próximamente, pero sigo con los interrogantes de por qué les han dado un salvoconducto hasta ahora y si hay algún arreglo detrás de todo esto.
Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, saludando junto a su esposa y copresidenta, Rosario Murillo Foto:AFP
Trump dijo que no iban a permitir ese retroceso democrático. ¿Cree que ahora sí habrá una acción por parte de Estados Unidos o lo van a dejar pasar, como ha ocurrido con otras medidas del régimen?
No quiero sonar frívolo, pero hablo con pleno conocimiento de mis palabras: el factor estúpido en este caso no puede ser descartado en Washington. Lo vimos con Irán. Los analistas habían advertido a Trump, pero él no los escuchó.
¿Y podríamos esperar alguna otra acción de Occidente sobre Nicaragua? ¿De Europa, por ejemplo?
¿Qué puede hacer Europa? ¿Qué significa Europa hoy ninguneada por Trump? ¿Qué va a decir la Unión Europea? ¿Firmar un comunicado repudiando la declaración de Ortega? ¿Eso qué efecto va a tener? Ninguno. Ortega les dirá, olímpicamente, que se lo metan por algún orificio, porque es lo que suele hacer.
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Los líderes autoritarios de la región, incluido Ortega, han llegado y han permanecido en el poder gracias a las elecciones. Es decir, no han hecho una toma hostil del poder. ¿Esto nuevo de Nicaragua sienta un precedente?
La tendencia de intentar eternizarse en el poder empezó al poco tiempo del retorno a la democracia en América Latina con Fujimori, Chávez, Uribe, Maduro, Ortega y Bukele. Incluso Bukele se autonombró “el dictador más cool del mundo”, jugando con el momento de las redes sociales. Él y Ortega son quizás el throwback (el regreso) más visible a una época anterior en la que los presidentes se declaraban presidentes de por vida. Hoy eso ocurre únicamente en países de África, recientemente en Burkina Faso. Creo que en las grandes naciones como México, Colombia, Argentina y Brasil no vamos a ver eso.
La tendencia de intentar eternizarse en el poder empezó al poco tiempo del retorno a la democracia en América Latina con Fujimori, Chávez, Uribe, Maduro, Ortega y Bukele
Trae a colación esa etiqueta irónica de Bukele. ¿Se perdió la vergüenza frente a reconocer el deseo de atornillarse en el poder? Este año anunció su intención de continuar con un tercer mandato…
Curiosamente, El Salvador y Nicaragua son los países con las guerras civiles más connotadas de los años 80 y ambos terminaron en una impunidad total. La presencia de Bukele y Ortega es una consecuencia de la falta de justicia. Nunca tuvieron democracia de verdad. Entonces, las poblaciones no saben ponerla en valor. Si un país no es capaz de penalizar masacres, delitos de lesa humanidad y crueldades de las peores concebibles, ¿cómo pueden administrar una democracia? Cuando volví a El Salvador, después de 20 años, quedé con la sensación de que el país era peor en la paz de lo que lo fue en la guerra.
¿Qué le espera a Brasil en sus elecciones, teniendo en cuenta los resultados en Chile, Perú y Colombia?
Podría ir a cualquier lado. Flavio Bolsonaro se ha acercado en los sondeos a Lula, pero las intervenciones de Trump causan una reacción nacionalista en los brasileños que favorecen a Lula. En estos días, la Casa Blanca quería enviar a Brasil a funcionarios para fiscalizar el sistema de votación, como si fuera su potestad, y les han negado la visa. Pero todavía estamos a dos meses de la primera ronda y mucho puede suceder en este tiempo.
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En octubre son las elecciones de Israel y el analista Ian Bremmer prevé que Netanyahu podría perder el poder por la sumatoria de los casos de corrupción, el desgaste con la guerra en Gaza, la impopularidad de la guerra con Irán, entre otros factores. ¿Qué sería de Israel sin Netanyahu, que lleva más de 16 años en el poder?
Sería bueno para Israel porque Netanyahu ha convertido a Israel en sinónimo de un país criminal. Israel tiene un largo camino para reconstruir y reencontrar su lugar en el mundo. Y no sé cómo lo va a hacer. Netanyahu ha estado buscando una especie de Great Israel, y, de hecho, sí se ha convertido en el país hegemónico de Medio Oriente. Lo que pasa con Netanyahu, inclusive con Trump, es que la amenaza de Irán no ha terminado. Hace dos años, cuando Irán lanzó sus primeros misiles contra Israel, pensé que habían firmado su sentencia de muerte, porque ese ataque se convirtió en algo existencial para Israel, adicional a la preocupación por el material nuclear que tiene Teherán. Y todavía estamos en este trance.
Benjamin Netanyahu lleva más de 15 años en el poder. Foto:AFP
¿La guerra contra Irán y el acuerdo que le dio más ventaja al régimen de los ayatolás le va a pasar factura a Trump en las elecciones de medio término?
Otra vez hay que hablar del factor estúpido. Trump está poniendo todo su empeño en ver cómo suprime el voto abierto y descaradamente. Todo es posible.
Ha cubierto el conflicto de Siria por muchos años. Hace casi dos cayó el régimen de Asad, pero poco se sabe en qué va el proceso de transición. ¿Esa es una crisis totalmente olvidada?
A partir de la salida de Asad era obvio que Irán sería el próximo, porque perdió esa plaza, al igual que Rusia. En Damasco todo el mundo lo estaba diciendo. Hubo un acuerdo entre Trump, Putin y Erdogan. Como Putin no podía defender a su hombre, lo sacó y quedó con dos bases militares en Siria, sin que los rebeldes sirios las atacasen. El actual presidente sirio, Ahmed Huseín al-Charaa, es pieza de Erdogan, de los servicios británicos y de Trump. También hay un arreglo con Israel, obviamente, porque ese país ocupa hoy una parte de Siria sin que Al-Charaa diga nada. Eso es lo que pasa en esta era con Trump, quien ha sabido dominar los medios y lo que pasa cada día con sus exabruptos en Twitter (hoy X). Incluso The New York Times responde a sus publicaciones todos los días. Todo es Trump y lo demás es menor. Entonces Siria, que pudo haber sido una cosa máxime, inmediatamente pasa a un ‘plano C’, porque Irán es el punto neurálgico no resuelto. Siria es el patio, como el Líbano. Y África no cuenta. Asia… Nada. Xi está mirando todo a ver en qué momento toma Taiwán. Y también está mirando al Pacífico con mucho deseo de ocupar más territorio. Europa está ‘arrugada’ por cuenta de Trump y Putin. Putin, en su embestida, la ha hecho defensiva, insegura y muy poco erótica. Entre estos dos líderes han hecho que la noción de la democracia occidental se vea hoy como algo mucho más vulnerable. Y es casi un trabajo en conjunto.
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Ha escrito sobre muchos líderes populistas, autoritarios y dictadores. ¿Sobre cuál le gustaría escribir?
Putin… Sería interesante.
Natalia Tamayo Gaviria
Subeditora Domingo
X: @nataliatg13

