Por definición, América Latina es una región geográfica y cultural compuesta por una veintena de países cuya principal característica común es el predominio de las lenguas romances entre su población (español, portugués, francés), heredadas de la colonización europea. A pesar de esa circunstancia, se trata de una zona diversa y heterogénea en múltiples sentidos, ante lo cual resulta riesgoso hacer generalizaciones sobre su realidad.
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Aun así, los analistas no han dejado de notar la orientación hacia la derecha adoptada por buena parte de las democracias de la zona en los últimos tiempos. Desde 2023, 12 de los 15 presidentes escogidos por voto popular se ubican en esa categoría, al igual que la totalidad de los que han resultado elegidos en el pasado año y medio, siendo los más recientes Keiko Fujimor en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia.
Por cuenta de semejante hecho se ha comenzado a hablar del fortalecimiento de la “ola naranja”. El término, acuñado por el consultor estadounidense James Bosworth, hace referencia al tono de piel de Donald Trump y la cercanía de gran parte de los nuevos mandatarios con el actual inquilino de la Casa Blanca.
Debido a lo sucedido, los gobiernos encabezados por líderes de izquierda son ahora la minoría, algo que no era el caso hasta hace poco. Es verdad que en las dos naciones latinoamericanas más populosas —Brasil y México— el progresismo sigue mandando la parada, aunque todavía está por verse si Lula da Silva logra mantenerse en el poder tras los comicios del próximo octubre.
En cualquier caso, el giro es significativo. Tanto, que los interesados en el asunto ahora se refieren al fin de la “marea rosa” que arrancó en los albores de este siglo cuando Hugo Chávez se destacó como el gran contradictor de Washington. Tras un paréntesis que siguió a la crisis financiera de 2008 y al fin de los altos precios de las materias primas, el movimiento protagonizaría un segundo acto desde finales de la década pasada.
No es la primera vez que en la historia regional suceden vaivenes profundos. A mediados de los años treinta del siglo pasado, una serie de regímenes democráticos empezaron a ser remplazados por dictaduras militares, algo que solo se revertiría de forma gradual a partir de los ochenta.
Brasil, con Lula, es uno de los pocos países de la región gobernados por la izquierda. Foto: AFP
Incluso en periodos menos trascendentales la alternancia entre visiones distintas ha sido más la regla que la excepción. Ello quiere decir que, así como el péndulo se mueve en un sentido, también se puede devolver, por lo cual es riesgoso proclamar la llegada de un cambio de era con base en lo que dicen las urnas en una sola temporada electoral.
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Señales distintas
Sin embargo, lo de ahora tiene unas particularidades que no deberían pasarse por alto. Tal como sucede en otras partes del mundo, salta a la vista una polarización que en la práctica ha licuado a los candidatos de centro y conducido a posturas más radicales frente a numerosos temas.
Quizás la transformación más grande es el debilitamiento de los principios de la democracia liberal, que invita a la construcción de consensos y la búsqueda de la armonía en medio de las diferencias. Cada vez son más frecuentes los ejemplos de antagonismo casi irreconciliable entre quienes piensan de una manera y aquellos que lo hacen de manera diferente, algo que va desde la inmigración hasta los asuntos relacionados con la seguridad y la defensa, pasando por el papel del Estado en la economía.
Abelardo de la Espriella, presidente electo de Colombia, y sus ministros designados Foto: Kronos
Un par de profesores, Emily Kubin y Christian von Sikorski, escribieron hace un tiempo un texto en el cual distinguen entre la polarización ideológica y la afectiva. Mientras la primera tiene que ver con la divergencia de opiniones, creencias o actitudes políticas, la segunda está relacionada con el grado de cercanía con los que piensan parecido o de antipatía hacia aquellos que opinan distinto.
Y aunque el debate entre los académicos continúa, un grupo significativo considera que las redes sociales han jugado un rol determinante a la hora de ahondar las diferencias entre quienes tienen puntos de vista contradictorios. Los algoritmos, que condicionan el contenido que recibe un usuario con base en sus preferencias de búsqueda y lectura, tienden a exacerbar los juicios que cada uno emite hasta que la habilidad de entenderse casi que desaparece.
Otros señalan la pérdida de aquellos referentes internacionales que antes servían de faro. La reciente conmemoración de los 250 años de la declaración de independencia de Estados Unidos sirvió para poner de presente la crisis por la que atraviesa un esquema republicano que inspiró a tantos en su momento, debido a los intentos de Trump de alterar el sistema de pesos y contrapesos en favor del Poder Ejecutivo.
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Tampoco son fáciles las cosas en el Viejo Continente. En el Reino Unido, antes sinónimo de estabilidad, es difícil llevar la cuenta de cuántos primeros ministros han ocupado el cargo en los últimos años. A su vez, en Francia los sondeos le dan la ventaja a la ultra Marine Le Pen con miras a las elecciones presidenciales de 2027, algo que abre un enorme signo de interrogación respecto al porvenir de la nación cuyo lema es el de “libertad, igualdad y fraternidad”.
También aparecen los factores de siempre, asociados con el bienestar individual y colectivo. No hay duda de que la pandemia dejó secuelas que fueron mucho más allá del ámbito de la salud, pues los confinamientos obligatorios golpearon con dureza a los trabajadores informales y trajeron pérdidas de empleos. Si bien la mayoría de los gobiernos se endeudaron para mitigar el impacto, los alivios no fueron suficientes, lo cual se tradujo en que, con pocas excepciones, los votantes en América Latina castigaron a los partidos que estaban gobernando cuando llegó el covid-19.
Aunque con la reapertura vino una reactivación, esta acabó siendo más bien tímida. A lo largo y ancho del hemisferio, las encuestas mostraron decepción con los resultados mostrados para enfrentar desafíos como inseguridad, desocupación o corrupción, los tres temas que de manera persistente encabezan las inquietudes de la ciudadanía.
Nayib Bukele, presidente de El Salvador. Foto: AFP
Junto con lo anterior, el caso de Nayib Bukele en El Salvador tuvo una relevancia importante. Tras haber ocupado el primer lugar en la región como el país con la tasa de homicidios más alta en 2015, ahora ese indicador es el más bajo del continente, siendo similar al de Canadá. La mano dura, que incluyó recluir en cárceles al dos por ciento de la población, inspiró a muchos a pedir un tratamiento de choque similar, sin importar los cuestionamientos relacionados con derechos humanos y garantías jurídicas.
Puede ser que los especialistas adviertan que el ejemplo salvadoreño no es necesariamente replicable en otros lugares en donde los territorios son mucho más extensos y la tipología de los delitos es diferente, pero eso no importa a la hora de hacer promesas. De una manera u otra, quienes enarbolan las banderas de la derecha insisten en que sí es posible combatir a los criminales y que harán lo propio en su terruño.
También el argentino Javier Milei ha sido motivo de imitación, en lo que corresponde a recortar el gasto y eliminar normas consideradas innecesarias. Apuntarle en tiempos de estrechez a reducir el despilfarro, en lugar de subir los impuestos, genera aplausos en una opinión que no quiere hacer sacrificios adicionales.
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Tales elementos se combinan con un desempeño económico mediocre por parte de los gobiernos de izquierda derrotados o salientes, tanto a la hora de impulsar el crecimiento como de contener la inflación. Un texto de Ernesto Talvi y José Pablo Martínez, del Real Instituto Elcano con sede en Madrid, sostiene que, de todas maneras, tras medio siglo de ciclos políticos y económicos los latinoamericanos siguen votando con la billetera.
Otro esquema
No obstante, hay quienes ven actualmente más elementos en la ecuación. Así sucede con Brian Winter, editor en jefe de Americas Quarterly, con sede en Nueva York. En un texto publicado por la respetada revista Foreign Affairs el jueves de la semana pasada, este sostiene que Donald Trump hace la diferencia en la presente oportunidad.
Para comenzar, el articulista subraya que Latinoamérica no recibía tanta atención desde Washington desde hace, al menos, cuatro décadas. El motivo inicial es que lo sucedido al sur del río Grande —que sirve de frontera con México— es clave para varias prioridades de política doméstica: inmigración ilegal, drogas ilegales y acceso a minerales críticos. A ello se agrega el interés de contener la influencia de China en la región, considerada una amenaza.
Donald Trump junto a otros mandatarios durante la cumbre ‘Escudo de las Américas’. Foto:AFP
Alguien podría decir con razón que los puntos mencionados llevan rato en la agenda de las relaciones entre el país del Tío Sam y sus vecinos. La diferencia es que ahora se abandonó el ropaje del diálogo diplomático por un planteamiento más vertical que recuerda la estrategia del “gran garrote” propia de Teddy Roosevelt, el mandatario que propició la separación de Panamá de Colombia en 1903.
De acuerdo con la Estrategia de Seguridad Nacional dada a conocer a finales de 2025, Estados Unidos reiteró los principios de la Doctrina Monroe que en el siglo XIX estableció que no se aceptaría la interferencia de las potencias europeas en el hemisferio occidental. Ahora dicha concepción acaba de ser reeditada y no solo de manera retórica.
La expresión máxima de la nueva forma de hacer las cosas es lo ocurrido en Venezuela el 3 de enero de este año, cuando tuvo lugar la “extracción” de Nicolás Maduro. Semejante acto de fuerza, al que le siguió la confirmación de Delcy Rodríguez en Caracas como una especie de regente bajo el control directo de Estados Unidos, significó un parteaguas que hasta la fecha es el principal triunfo en asuntos exteriores de la administración Trump.
Fuera de que la calidad de vida para el venezolano promedio mejoró muy poco en estos meses o que la respuesta del gobierno en Caracas tras los terremotos que dejaron una estela de muerte y destrucción haya sido a todas luces insuficiente, el mensaje recibido en todas las capitales es que hay un nuevo sheriff en la vecindad. Y como sucede en las películas de vaqueros, es mejor no enemistarse con un comisario que también tiene a Cuba en la mira.
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Debido a ello, México aumentó los niveles de cooperación en la lucha contra el narcotráfico y ha extraditado a decenas de personas, mientras que Panamá se aseguró de cortarle las alas a China en el canal interoceánico que Washington llegó a exigir de vuelta. El hundimiento de lanchas en el Caribe o el Pacífico ha tenido una pausa, pero las operaciones armadas contra laboratorios o explotaciones ilegales apuntan a crecer en número y radio de acción, tal como sugiere la alianza que recibió el nombre de Escudo para las Américas lanzada en febrero en Miami.
Como contraprestación Estados Unidos ofrece ayuda militar, tanto en equipos como inteligencia. De ser el caso, como pasaría con Colombia pronto, también llegaría apoyo financiero al estilo del recibido por Argentina en momentos de turbulencia cambiaria.
Saber si eso les ayudará o no a los presidentes que forman parte de la “ola naranja” para mantenerse en el poder es algo que solo se sabrá con el paso del tiempo. En el plano de las relaciones continentales, cada cual tendrá que saber aprovechar la cercanía con el ‘Coloso del Norte’, mientras pone límites y evita ser descrito como una marioneta. Lograr que se reactiven los flujos de inversión y mejore la tranquilidad interna podría ser, para los optimistas, la principal recompensa.
El presidente de Chile, José Antonio Kast (izquierda), y el de Argentina, Javier Milei. Foto: AFP
Pero no basta con pensar con el deseo. En último término, la permanencia de la derecha en cada país que hoy cuenta con un líder de esa orientación dependerá de la calidad de la gestión adelantada y de los resultados entregados. De lo contrario, los votantes se encargarán de devolver un péndulo que hoy se ubica en un extremo y que eventualmente podría cambiar de orientación si la gente considera que las cosas no salieron según lo anhelado.
Por definición, América Latina es una región geográfica y cultural compuesta por una veintena de países cuya principal característica común es el predominio de las lenguas romances entre su población (español, portugués, francés), heredadas de la colonización europea. A pesar de esa circunstancia, se trata de una zona diversa y heterogénea en múltiples sentidos, ante lo cual resulta riesgoso hacer generalizaciones sobre su realidad.
RICARDO ÁVILA PINTO
Especial para EL TIEMPO
En X: @ravilapinto
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