El periodista chileno Daniel Matamala habla de su más reciente libro, Cómo destruir una democracia (Planeta, 2025), en el que analiza las figuras de Nicolás Maduro, Andrés Manuel López Obrador, Nayib Bukele, Donald Trump y Javier Milei.
Estos caudillos carismáticos, dice Matamala, tienen características similares y operan u operaron de forma idéntica, como si siguieran un manual de instrucciones y una hoja de ruta. Tienen tintes autoritarios, proclaman ser infalibles, presumen una relación íntima entre ellos y “el pueblo”, reclaman el monopolio de la verdad y explotan el malestar ciudadano para convertir a la política y la conversación pública en una lucha de enemigos.
Cada uno de estos liderazgos “representa un paso diferente en esta pendiente de degradación democrática”, sostiene Matamala, graduado de la maestría en Periodismo Político en la Universidad de Columbia (Estados Unidos), influyente columnista en el diario La Tercera y conductor televisivo, hoy al frente del noticiero estelar Chilevisión Noticias. El recorrido va, entonces, desde la dictadura de Venezuela y el cuestionado régimen de El Salvador hasta las democracias de Argentina y México, pasando por el asalto a las instituciones democráticas de Trump. “Todos ellos buscan, en definitiva, el poder total”, enfatiza.
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Su libro analiza los liderazgos de Bukele, Maduro, Trump, Milei y López Obrador. Que, aunque diferentes, comparten o compartieron un modo de funcionar. ¿Podría describir cómo es esto y cómo operan?
Yo diría que todos ellos son o fueron liderazgos con tintes autoritarios que tienen el potencial de ir erosionando gradualmente las democracias de los países, de avanzar en un proceso de destrucción de la democracia y convertirse finalmente en dictaduras. Por eso el libro está estructurado como una especie de pendiente resbaladiza en la que cada uno de estos líderes representa un paso diferente en este proceso de degradación. México es un país democrático, Argentina es un país democrático, Estados Unidos está dejando de serlo a pasos muy acelerados y muy dramáticos, y El Salvador y Venezuela son dictaduras.
Cada uno de ellos representa un paso diferente en esta pendiente. Esa es la advertencia del libro: que hay primeros pasos que pueden parecer relativamente inofensivos, pero cuando se van acumulando, sabemos hacia dónde van y hasta dónde pueden llegar, como el caso de Venezuela, El Salvador de Bukele y Trump en los Estados Unidos. Entonces, creo que el libro sirve como una advertencia para sociedades que todavía son democráticas, como Argentina, donde veo señales de peligro que se han dado ya en otros países.
¿Cuáles son las alertas para advertir que uno podría estar frente a un potencial autócrata?
Hay un tipo de liderazgo que divide entre amigos y enemigos. No hay una idea democrática en la cual sencillamente hay personas que piensan distinto o tienen roles distintos en la sociedad, como los periodistas, los jueces o los fiscales, cuyos roles no necesariamente son la trinchera política. Para estos líderes autoritarios, eso no es aceptable. Tú estás con ellos o estás contra ellos. Cualquiera que los critique, los investigue o disienta inmediatamente se convierte en enemigo.
Para estos líderes autoritarios tú estás con ellos o estás contra ellos. Cualquiera que los critique, los investigue o disienta inmediatamente se convierte en enemigo
Son líderes que reclaman el monopolio de la verdad…
Sí, y como estos líderes reclaman el monopolio de la verdad, inician una política sistemática de hostigar a cualquiera que pueda ser socialmente aceptado como portador de una verdad. Pueden ser los medios de comunicación, los académicos, los científicos. Estos liderazgos generalmente son antiacadémicos, anticientíficos y antiintelectuales, porque ven rivales en todo aquello que cuestione que ellos son los dueños de la verdad.
Creo que el nivel de violencia verbal también es muy indicativo. En ese sentido, el caso de Milei es particularmente preocupante. Es muy profundo que alguien que esté en la presidencia despliegue tal arsenal de descalificaciones, humillaciones y agresiones verbales contra cualquier persona que no esté de acuerdo con él, porque la ve como un enemigo que debe ser destruido y que debe ser odiado. Es muy peligroso cuando, además, eso se hace desde un púlpito tan privilegiado como el que tiene en nuestras sociedades el presidente. En el caso de Argentina, además, es bien curioso.
¿En qué sentido?
Javier Milei, presidente de Argentina Foto:EFE
Porque es un libertario. Dice que quiere desmantelar al Estado desde dentro, pero no tiene ningún reparo en utilizar toda la fuerza del Estado precisamente para concentrar el poder y para castigar a cualquiera que use su libertad de pensamiento y expresión para pensar distinto. Está usando el poder del Estado contra la libertad de quienes sencillamente tienen opiniones diferentes.
A diferencia de la década del setenta, estos líderes llegan a través de los votos. ¿Los mecanismos de protección demuestran ser ineficientes para proteger a las democracias liberales de estos procesos?
Sí, están bastante indefensas. De todos modos, creo que hay dos mecanismos. Uno es la fortaleza de la sociedad civil. En la medida en que una sociedad civil sea más fuerte, debería ser capaz, al menos en teoría, de poder resistir. Uno pensaba que Estados Unidos era el ejemplo, y estamos viendo que no.
Y lo otro es la institucionalidad. Brasil es un ejemplo. Brasil siguió una deriva muy parecida a la de Estados Unidos. Bolsonaro imita paso por paso a Trump, gana las elecciones, tiene esta lógica confrontativa durante su gobierno, pierde las elecciones, intenta robarse las elecciones, dar un golpe de Estado y manda a su gente a tomar los edificios públicos en Brasilia.
Y ahí las dos historias se bifurcan, porque en el caso de Brasil, Bolsonaro recibe una repulsa política mucho más unánime y la justicia falla en su contra, a diferencia de la Corte Suprema estadounidense, ya cooptada por Trump. Hoy Bolsonaro, lejos de haber vuelto a una segunda presidencia para consolidar la deriva dictatorial, está preso. Por eso Trump está tan molesto con lo que ocurrió en Brasil y ha castigado a los jueces de la Corte Suprema, incluso a sus familiares, poniéndolos en listas negras como si fueran genocidas y terroristas. Trump entiende que el caso de Brasil es muy peligroso, es el ejemplo de cómo deberían funcionar las instituciones en una democracia para defenderse de quienes pretenden destruirlas desde dentro.
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Sin embargo, uno comprende las condiciones de surgimiento de estos líderes porque las instituciones tienen dificultades para canalizar las demandas y las necesidades ciudadanas. Hay insatisfacción con la democracia. Hay malestar y frustración…
Totalmente. Y por eso un punto fundamental del libro es ir a terreno y hablar con la gente desde la empatía, no desde el juicio. Realmente quiero entender por qué estos líderes son tan atractivos. Y claro, cuando vas a una colonia de El Salvador que estaba tomada por las maras, en donde las personas no podían salir a la calle porque había dos maras en guerra, ahí tú entiendes que la gente puede pensar: “Hay alguien que, no importa cómo, me sacó de ese infierno y ahora se puede vivir en una situación un poco más pacífica”.
O la situación de hiperinflación y de hipercorrupción de Argentina, es comprensible que mucha gente diga: “Hay que votar por el más outsider, que va a venir a destruir todo, porque ya los políticos tradicionales, de izquierda y derecha, han sido incapaces de ofrecer soluciones”. ¿Qué queda? Traer al loco de afuera.
La democracia no es solo un conjunto de instituciones, de garantías o de formas de gobernar. Las democracias son mucho más frágiles de lo que algunas veces nosotros soñamos. Y de nuevo el ejemplo de Estados Unidos es paradigmático al respecto por la forma en la que una persona con la suficiente voluntad de poder en pocos meses va desmantelando las instituciones. Es realmente una flor muy frágil la democracia porque depende de que los actores tengan ciertos comportamientos.
La democracia no es solo un conjunto de instituciones, de garantías o de formas de gobernar. Las democracias son mucho más frágiles de lo que algunas veces nosotros soñamos
¿Cómo definiría el tipo de liderazgo que plantea José Antonio Kast para Chile? ¿Es una derecha tradicional, es derecha radical o es otra cosa?
José Antonio Kast durante la ceremonia de investidura como presidente de Chile. Foto:AFP
Hay una gran discusión allí. Kast viene del mundo de la derecha tradicional. Él crea este Partido Republicano y se incorpora a sí mismo en la familia de las derechas radicales. Venía de la derecha tradicional, pero después vira a otra cosa. Considera que Sebastián Piñera era demasiado moderado y centrista y él quiere armar una alternativa de derecha más dura. Kast es parte de las organizaciones y de las cumbres de Viktor Orbán, de Bolsonaro y cuando va a España se junta con Vox, no se junta con el Partido Popular. Él mismo se ha puesto en la familia de la derecha radical.
¿Considera que el liderazgo de Kast podría acercarse a las figuras que analiza en el libro?
Kast es un liderazgo conservador, tradicional, con componentes autoritarios. Es una persona que, aunque en esta campaña no lo repitió, tiene una valoración de la dictadura de Pinochet. En campañas anteriores dijo que no creía las cosas que se decían sobre algunos de los peores violadores de derechos humanos en Chile. Kaiser (el llamado ‘Milei chileno’) prometió indulto para los violadores de derechos humanos; Kast no. Pero, claramente repito, siempre ha tenido una valoración de la dictadura. Hay un resurgimiento del pinochetismo en Chile, una nostalgia autoritaria y una reivindicación de la dictadura.
Lo que a mí más me preocupa en ese aspecto es el tema de la seguridad y el orden público. Porque en Chile hay, evidentemente, un deseo de medidas de mano dura. Kast ha prometido medidas de mano dura como la implantación de estado de sitio. Creo que puede darse un escenario en el cual desde el Gobierno se implanten medidas que vayan contra las garantías y los derechos individuales, medidas que pueden tener un apoyo mayoritario de la población, y que esa sea la vía para comenzar a erosionar algunos elementos.
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El libro reúne distintas historias que usted recogió en varios países, reporteando en el terreno, hablando con la gente. ¿Cuál fue la que más lo conmovió?
Hay muchas, pero las que más me impactaron en lo humano fueron algunas historias de El Salvador. Sobre todo, la historia de ‘la isla de las mujeres solas’, una isla absolutamente pobre, pero al mismo tiempo aislada de la violencia, donde no entraron los pandilleros. La gente vivía en condiciones de subsistencia y de pronto entran los militares que tienen que cumplir cuotas de captura y se llevan a buena parte de los hombres de la comunidad. Y quedan estas madres, estas esposas, estas hermanas, estas hijas, sin saber qué hacer: personas que no tienen contactos, que no tienen a quién recurrir. De pronto, sencillamente, se llevan a la gente, nadie sabe por qué, nadie sabe con qué cargo.
Una de estas mujeres se llama Blanca. Ella pierde a varios de sus familiares y se va a sentar todos los atardeceres con su silla en las afueras del penalito –la cárcel– a esperar y ver si liberan a alguno de su familia porque si liberan a alguno y no hay familiares afuera esperando, los devuelven a la cárcel. Ellas están convencidas de que tienen que estar ahí ante la eventualidad de que salgan.
Y ver a esas mujeres, todos los atardeceres, esperando allí, con sus sillas, rompe el corazón realmente. Ahí te das cuenta de lo que puede significar el leviatán del Estado, el poder absoluto del Estado cuando se lanza contra las personas sin que haya una explicación, sin que haya un porqué. Y cómo eso impacta en personas comunes y corrientes que sencillamente son impotentes, que ni siquiera tienen la capacidad de salir a protestar.
(*) Este artículo es una versión editada del original.
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